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Edición del 19 / 01 / 2026
               
19/01/2026 18:41 hs

Fast fashion y ropa usada: el impacto silencioso del descarte global

- 19/01/2026 18:41 hs
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La importación de ropa usada crece en Argentina y enciende una señal de alerta en la industria textil local. Lo que se presenta como una alternativa sustentable y accesible, también oculta un circuito de descarte global que traslada residuos desde países centrales hacia economías periféricas. 
La industria de la moda es una de las más poderosas y también una de las más contaminantes del planeta, con un sistema productivo responsable de cerca del 10 por ciento de las emisiones globales de carbono y de alrededor del 20 por ciento de las aguas residuales que se generan a nivel mundial, según datos de Naciones Unidas. Un impacto que crece de la mano del fast fashion y que hoy vuelve a poner en agenda un debate incómodo pero urgente: la importación de ropa usada y el rol que países como la Argentina comienzan a ocupar dentro del circuito global del descarte textil.

En 2016, Estados Unidos generó casi 17 millones de toneladas de ropa. De ese total, el 67 por ciento terminó en contenedores de basura, el 18 por ciento fue incinerado y apenas un 15 por ciento logró ser reciclado. Los números revelan una verdad incómoda: la economía circular en moda sigue siendo, en gran medida, una promesa incumplida.

En los últimos años, frente a regulaciones ambientales más estrictas y al alto costo que implica mantener stock o incinerar residuos textiles, los países centrales comenzaron a buscar nuevas salidas para su excedente. La donación, la exportación y la reventa de ropa usada se convirtieron en una válvula de escape para un sistema que produce más de lo que puede absorber.

A través de redes sociales y canales informales de comercialización, importadores ofrecen mercadería que en muchos casos es descartada por países como Estados Unidos, donde la incineración enfrenta crecientes restricciones. Esa ropa se agrupa en fardos de entre 25 y 50 kilos, clasificados por tipo de prenda o incluso por marcas, y se envía a mercados periféricos.

En la Argentina, el fenómeno aún no alcanza volúmenes masivos, pero su crecimiento es acelerado. Según datos de la Cámara Argentina de la Indumentaria, en los primeros ocho meses de 2025 se importó ropa usada por 2,2 millones de dólares, cuando en todo 2024 esa cifra había sido de apenas 52.000 dólares. La señal de alarma no está tanto en el número absoluto como en la velocidad de expansión.

Para la industria textil nacional, este escenario llega en uno de sus momentos más delicados. La caída del consumo, el aumento de costos y la apertura de importaciones ya habían reducido de manera significativa los niveles de producción. La llegada de ropa usada suma una presión adicional.

“Las grandes marcas internacionales y las cadenas globales manejan proyecciones de venta gigantescas y producen en países de costos extremadamente bajos. Los volúmenes son tan altos que el desperdicio no representa un problema para ellas: sus productos están pensados para un consumo masivo y acelerado. Muchas prendas ni siquiera llegan a usarse y terminan descartadas o regaladas con la etiqueta aún puesta”, explica Elio De Angeli, socio y director creativo de Adriana Costantini y docente adjunto en la cátedra Moragues de la FADU-UBA.

En mercados como Estados Unidos, ese excedente también se transforma en un problema impositivo. “El stock remanente tiene un costo fiscal. Por eso, gran parte de ese sobrante se liquida o se dona para evitar pagar impuestos. Ese circuito es el que termina alimentando la llegada de fardos de ropa usada a países como la Argentina”, agrega.

Desde su mirada, el impacto local es directo y profundo. “La industria textil nacional ya viene muy golpeada y la importación de ropa usada funciona casi como una estocada final. Lo que se presenta como ‘ropa usada’ muchas veces no es otra cosa que basura textil”.

El debate no es solo económico, sino también ambiental. A diferencia de lo que ocurre en ferias de segunda mano o en circuitos de reutilización controlados, los fardos importados concentran grandes volúmenes de prendas que no siempre están en condiciones de ser reutilizadas. Parte de ese material termina sin venderse, acumulándose como residuo, sin una trazabilidad clara ni un plan de gestión sustentable.

En el norte de Chile, el desierto de Atacama se convirtió en uno de los mayores vertederos de ropa usada del mundo. Durante casi cuatro décadas, el país fue el principal importador de indumentaria de segunda mano en América Latina. Sin embargo, la ropa que no logra venderse no puede reexportarse ni devolverse a su país de origen.

El resultado es devastador: al menos 39 mil toneladas de prendas terminan como basura a cielo abierto en zonas como Alto Hospicio, en la región de Tarapacá, una de las más vulnerables del país.

La pregunta comienza a instalarse con fuerza: ¿puede la Argentina convertirse en el próximo destino del descarte textil global? Para los especialistas, el riesgo existe si no se establecen reglas claras, controles efectivos y una política industrial coherente.

A diferencia del modelo de producción masiva, la industria local no opera bajo lógicas de sobrestock estructural. “El sobrestock en Argentina no se da por una sobreproducción, sino por la caída del consumo. No somos un país con una lógica de producción masiva permanente”, explica De Angeli.

Históricamente, el sector desarrolló mecanismos para minimizar desperdicios: colecciones más chicas, producción por demanda, venta de temporadas anteriores y reaprovechamiento de materiales. “La industria local manejó bien sus números y sus stocks. Hoy cuenta con herramientas para reducir desperdicios, pero necesita reglas claras y protección para no convertirse en el destino final del descarte textil global”, concluye.

El ingreso de ropa usada suele presentarse como una solución accesible y como una práctica asociada a la sustentabilidad. Sin embargo, cuando se analiza el circuito completo, el relato se complejiza. Sin controles ambientales, sin trazabilidad y sin un sistema de reciclado real, la reutilización se transforma en una ilusión que traslada el problema de un país a otro.

La moda circular no puede sostenerse sobre la exportación del residuo. Requiere inversión, diseño, innovación y una transformación profunda del modelo productivo. En ese escenario, la Argentina enfrenta una encrucijada: proteger su industria, evitar el daño ambiental y asumir un debate global que ya no admite soluciones simplistas.

Porque lo que está en juego no es solo qué ropa usamos, sino qué lugar ocupamos en el mapa del consumo mundial. Y si aceptamos ser productores de valor o receptores del descarte.

MARIE CLAIRE
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