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Edición del 02 / 01 / 2026
               
02/01/2026 06:06 hs

Ropa importada: auge que llevó al colapso industrial en Argentina

- 02/01/2026 06:06 hs
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Este circuito no es solo logístico: revela una cadena global opaca. Los contenedores llegan a puertos como Buenos Aires sin controles estrictos. 
Consolidada la apertura arancelaria impulsada hace exactamente dos años por el Gobierno de Javier Milei, el comercio de fardos de ropa importada en Argentina no sólo se ha consolidado como un fenómeno masivo, sino que llegó a escalar a niveles alarmantes, saturando mercados informales y profundizando la crisis de la industria textil local. 

Plataformas chinas como Shein, Temu y AliExpress, junto con importadores de ropa usada desde Estados Unidos y Europa, han inundado el país con prendas a precios irrisorios, atrayendo a un consumidor ávido de ofertas en tiempos de una inflación que viene subiendo sin parar desde abril pasado. 

Sin embargo, este “furor” por lo barato y no siempre bueno, oculta un drama sectorial: el cierre de 381 pymes textiles desde fines de 2023, la pérdida de más de 11.500 empleos y una capacidad instalada que ronda el 40%, según datos actualizados de la Fundación Pro Tejer y la Cámara Argentina de Indumentaria (CIAI). 

En este contexto, el mercado de fardos –paquetes de ropa vendidos por peso, seminueva o con defectos menores– representa sin dudas una alternativa económica, pero además una red flag, una bandera roja que cuestiona la sostenibilidad del empleo local y el medio ambiente. 

Comercio y Justicia ha cubierto el fenómeno en sus diversas aristas a lo largo de este año y ya pisando el inicio de 2026 estamos en condiciones de incorporar los últimos datos, los análisis sectoriales y voces expertas para radiografiar un fenómeno que, de no regularse, podría desmantelar por completo una cadena productiva argentina de más de un siglo de vida.

El auge imparable de los fardos

El boom de los fardos se aceleró en marzo pasado, cuando el Gobierno redujo los aranceles de importación del 35% al 20% para indumentaria y calzado, y del 26% al 18% para telas, con el argumento de fomentar la competencia y bajar precios internos que, según estudios oficiales, superaban en un 310% los de España y un 95% los de Brasil. 

Esta medida, combinada con la eliminación de restricciones al e-commerce internacional, disparó las compras online en un 390% entre julio de 2024 y julio de 2025, según la CIAI. 

Los fardos, comercializados por peso a través de plataformas digitales, se han convertido en la vedette de un ecosistema que incluye ferias como La Salada, la avenida Avellaneda en Flores (CABA) y sus réplicas en el interior –desde Córdoba hasta Mendoza–, además de manteros y ventas ambulantes.

En las calles y redes, el fenómeno es palpable. Plataformas como TikTok y Facebook sirven de vidrieras virtuales para revendedores que transmiten en vivo la apertura de fardos, generando un hype similar al de un “unboxing” de lujo low-cost. Ejemplos concretos abundan: un fardo de 20 kg (con 80-100 prendas) de blusas ejecutivas y semiformales, mayormente de origen europeo y manga larga, se ofrece a $800.000; otro de 40 kg (93 prendas aproximadas) enfocado en ropa deportiva o de hogar, con marcas como The King, cuesta $985.000, mientras que polerones con capucha van por $735.000 y conjuntos infantiles Osman por $680.000. 

Los fardos especializados no se quedan atrás: carteras en lotes de 30 unidades por $260.000, o camperas y parkas en paquetes de 50-60 piezas. Pero el hit del momento son los “fardos Shein”: 50 prendas directas de China por $400.000 –es decir, $8.000 por unidad–, con empaquetado original pero sin garantía de talles, colores o calidad uniforme. 

En el caso de Temu, se suman ofertas de ropa deportiva “Safran” con imitaciones de Adidas o Nike, o liquidaciones de infantil por $180.000, todo accesible vía envíos gratuitos para pedidos bajo US$400, exentos de impuestos adicionales.

Este modelo de venta por peso –donde el comprador asume la lotería de talles y estilos– democratiza el acceso a moda rápida, pero fomenta un consumo impulsivo. 

En los primeros ocho meses del año, las importaciones de ropa por peso se duplicaron un 109%, alcanzando 23,3 millones de prendas, un salto del 135% interanual. Dos tercios de estas prendas circulan en circuitos informales mayoristas, desde La Salada hasta mercados fronterizos, donde los precios bajan aún más –hasta $8.000 por prenda en frontera–, con márgenes de ganancia del 20% al 100% para revendedores, pese a la selección aleatoria.

Circuitos mayoristas y engranaje global

A nivel nacional, el 70% de la ropa vendida en 2025 es importada, un incremento del 57% del año previo, con China como proveedor estrella gracias a su capacidad de producir entre 6.000 y 10.000 artículos diarios y más de 300.000 colecciones anuales. 

Empresas globales lideran el flujo: la chilena Arabito importa desde Alemania fardos de alta calidad clasificados por temporada, mientras que la china Zagumi Trading Co., con 11 años de experiencia y una planta de 20.000 m², exporta ropa usada a más de 60 países, seleccionando por estilo y condición. 

En nuestro país, el grueso de la ropa usada proviene de EE.UU., donde la prohibición de incineración y los altos costos de destrucción obligan a exportar excedentes –un volumen que en 2025 superó los US$2,2 millones en los primeros ocho meses, multiplicándose por 40 respecto a los US$52.000 de todo 2024.

Este circuito no es solo logístico: revela una cadena global opaca. Los contenedores llegan a puertos como Buenos Aires sin controles estrictos, y una vez desembarcados, se distribuyen vía mayoristas informales. 

En el interior, ferias como las de Córdoba o Rosario replican el modelo de La Salada, atrayendo a emprendedores que, ante la caída del consumo formal (priorizando facturas y alquileres sobre moda), ven en los fardos una salida de supervivencia. 

Sin embargo, expertos como Luciano Galfione, de Pro Tejer, advierten: “Estas medidas benefician a productores chinos a 20.000 km de distancia, mientras abren las ‘puertas flood’ en un mundo de proteccionismo creciente, como los aranceles del 27% en EE.UU. o las leyes antifast fashion en Francia”.

Impacto demoledor en la industria

El reverso de la moneda de la accesibilidad es una industria textil argentina en jaque. La CIAI estima una pérdida de 1.500 empleos semanales, con ejemplos concretos como la textil Mauro Federico en Mar del Plata, que despidió a 150 trabajadores en julio de 2025. 

Los cierres de pymes ascendieron a 68 solo en el último semestre, sumando 4.000 puestos perdidos y 900 suspensiones, con una capacidad ociosa del 40% que deja fábricas como “elefantes blancos” en polos textiles como Flores o el Gran Buenos Aires. Los productores locales, que enfrentan impuestos que representan el 50% del costo final, alquileres al 13% y comisiones bancarias al 12%, no pueden competir con importados que duran “apenas tres lavados” y cuestan una fracción: un zapato de trekking Shein a $25.000 (US$17) versus $75.000 local, o una chaqueta denim a $40.000 frente a $120.000.

Jorge Sorabilla, de Tn&platex, lo resume: “Es un impacto demoledor, sin precedentes”. Esta industria es la segunda más contaminante del mundo: produce 80.000 millones de prendas al año, consume 215 billones de litros de agua (equivalente a 86 millones de piscinas olímpicas) y genera el 9% de microplásticos oceánicos. Y ahora compite con un “reciclaje” que muchos expertos tildan de ilusión. Solo el 10-15% de la ropa usada se reutiliza realmente; el resto satura los vertederos de los países de la periferia mundial, replicando desastres como el desierto de Atacama en Chile, donde montañas de desechos textiles crecen sin control. 

En nuestro país surgen alertas sanitarias: prendas sin certificados de higiene podrían contener residuos tóxicos, y el descontrol importador agrava la dependencia externa, con turistas argentinos gastando US$2.200 millones en ropa abroad en ocho meses, un 111% más que en 2024.
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